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Darse permiso para sentirse seguro

24 ago
3 min de lectura



A veces pasamos tanto tiempo en estado de alerta que la tranquilidad comienza a parecernos extraña. Nos acostumbramos a anticipar problemas, interpretar silencios, controlar cada detalle y prepararnos emocionalmente para aquello que podría salir mal. Sin darnos cuenta, el cuerpo aprende que mantenerse tenso es la única manera de protegernos.


Por eso, sentirse seguro no siempre sucede automáticamente cuando el peligro termina. En ocasiones, necesitamos enseñarle poco a poco a nuestro cuerpo que ya puede descansar.


Darse permiso para sentirse seguro no significa convencerse de que nada malo volverá a ocurrir. Tampoco implica confiar ciegamente en todas las personas o ignorar las señales de nuestro entorno. Significa reconocer que, en este momento, podemos habitar la vida sin permanecer constantemente a la defensiva.


La seguridad comienza en el cuerpo


Antes de convertirse en un pensamiento, la seguridad es una experiencia corporal. Se manifiesta cuando la respiración se hace más profunda, los hombros descienden, la mandíbula se relaja y dejamos de observarlo todo como si tuviéramos que responder inmediatamente.


Podemos comenzar preguntándonos:


  • ¿Qué necesita mi cuerpo para sentirse acompañado en este momento?

  • ¿Hay alguna tensión que pueda soltar, aunque sea por unos segundos?

  • ¿Estoy reaccionando a lo que está ocurriendo ahora o a algo que viví anteriormente?

  • ¿Qué parte de mí todavía cree que tiene que mantenerse alerta?


No es necesario obligarnos a estar tranquilos. Podemos empezar simplemente reconociendo lo que sentimos. A veces, decirnos «entiendo por qué tienes miedo» ofrece más seguridad que exigirnos dejar de sentirlo.


Crear seguridad dentro de uno mismo


La seguridad interna se fortalece cuando aprendemos que podemos contar con nosotros. Esto ocurre cuando respetamos nuestros límites, cumplimos las promesas que nos hacemos y dejamos de abandonarnos para obtener aceptación.


Sentirnos seguros también puede significar:

  • Decir que no sin sentir que tenemos que justificarlo todo.

  • Alejarnos de espacios que alteran constantemente nuestro bienestar.

  • Pedir ayuda cuando la necesitamos.

  • Descansar sin pensar que debemos ganarnos ese derecho.

  • Permitirnos cambiar de opinión.

  • Escuchar nuestra intuición sin vivir dominados por el miedo.

  • Elegir relaciones donde exista respeto, claridad y reciprocidad.


Cada vez que nos escuchamos y actuamos en coherencia con nuestras necesidades, enviamos un mensaje importante a nuestro interior: «Estoy aquí. No voy a abandonarte».


La tranquilidad también puede dar miedo


Para una persona acostumbrada a vivir en incertidumbre, la paz puede sentirse vacía, sospechosa o incluso aburrida. El sistema nervioso puede confundir la intensidad con el amor, la urgencia con el propósito y el control con la seguridad.

Cuando esto ocurre, no significa que estemos dañados. Significa que nuestro cuerpo está intentando relacionarse con la vida desde lo que conoce.


Aprender a sentirnos seguros requiere familiarizarnos con experiencias más suaves: una conversación donde no tengamos que defendernos, una tarde sin responsabilidades urgentes, una relación que no nos haga cuestionar constantemente nuestro valor o un momento de silencio en el que no sea necesario resolver nada.


Con el tiempo, la calma deja de sentirse como ausencia y comienza a experimentarse como presencia.


Pequeños rituales de seguridad


Podemos cultivar seguridad a través de acciones sencillas y repetidas. Colocar una mano sobre el pecho, respirar lentamente, caminar descalzos sobre la tierra, tomar una bebida caliente, ordenar nuestro espacio o sentarnos bajo un árbol pueden convertirse en recordatorios de que estamos presentes.


También podemos repetir con suavidad:

«En este momento estoy aquí».

«Puedo respirar antes de responder».

«No tengo que resolverlo todo hoy».

«Puedo protegerme sin cerrarme completamente».

«Merezco experimentar la vida sin estar esperando constantemente que algo salga mal».


Estas palabras no pretenden negar la realidad. Su función es ayudarnos a regresar al presente y distinguir entre un peligro real y una memoria emocional.

Elegir la seguridad una y otra vez


Darse permiso para sentirse seguro es una práctica cotidiana. Algunos días podremos descansar con facilidad; otros días volverán la incertidumbre, la hipervigilancia o la necesidad de control. El proceso no consiste en permanecer siempre en calma, sino en aprender a regresar a nosotros con mayor compasión.

La verdadera seguridad no nace de controlar cada resultado. Nace de saber que, aunque la vida cambie, podemos escucharnos, cuidarnos, pedir apoyo y tomar decisiones que protejan nuestra integridad.


Quizás hoy no necesitas comprenderlo todo. Tal vez solo necesitas ofrecerle a tu cuerpo unos minutos en los que no tenga que luchar, demostrar ni anticipar.

Respira. Observa el lugar donde estás. Permite que tus sentidos reconozcan el presente.


Por este instante, puedes bajar la guardia un poco.

También tienes permiso para sentirte seguro.

 
 
 

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