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El neochamán que se perdió cuando llegó el amor

8 oct
3 min de lectura


Otra prueba de nuestra capacidad de sostenernos.


Había aprendido a sostener círculos, acompañar procesos y escuchar el dolor de otros. Sabía preparar un altar, encender el fuego y encontrar palabras para quien había perdido el rumbo.

Pero cuando llegó el amor, aquel neochamán descubrió que también podía perderse.

No ocurrió de golpe. Comenzó con la ilusión de sentirse elegido. Con una conversación que iluminaba el día. Con la posibilidad de descansar, por fin, en los brazos de alguien.

Luego, casi sin darse cuenta, empezó a organizar su vida alrededor de esa presencia. Sus proyectos quedaron esperando. Sus responsabilidades se hicieron más pesadas. Su tranquilidad comenzó a depender de un mensaje, una invitación o una señal de interés.

Podía acompañar a otros a regresar a sí mismos, pero ahora le costaba encontrar el camino de vuelta.


Cuando el amor mueve nuestro centro

En su experiencia, enamorarse se convirtió en un desregulador: removió la calma que creía haber construido y dejó al descubierto necesidades que todavía no sabía atender.

Quería cercanía, pero también buscaba confirmación. Quería compartir, pero empezó a dar más de lo que podía sostener. Ofrecía tiempo, atención, planes y recursos, esperando encontrar en la respuesta del otro la certeza de que tenía un lugar.

Cada distancia se volvía una pregunta: ¿Todavía me quiere? ¿Hice algo mal? ¿Qué más puedo hacer para que me elija?

Y entre tantas preguntas sobre el otro, dejó de hacerse una esencial:

¿Cómo estoy yo dentro de este vínculo?


La espiritualidad también necesitaba límites

Al principio intentó comprenderlo todo desde su práctica espiritual. Se pidió paciencia, aceptación y desapego. Buscó explicaciones para cada ausencia y trató de recibir cada incomodidad como una enseñanza.

Pero algunas de esas interpretaciones lo llevaron a callar.

Había confundido aceptar al otro con acomodarse continuamente. Había usado la compasión para justificar situaciones que le dolían. Le costaba expresar una necesidad sin sentir que estaba siendo exigente o poco evolucionado.

Hasta que comprendió que podía escuchar, amar y comprender, y aun así decir:

«Esto me duele. Esto necesito. Hasta aquí puedo dar».

Su espiritualidad tenía que hacer espacio para su voz.


Sostenerse también significa reconocer lo que ocurre

La prueba no consistía en soportar cualquier relación con serenidad. Tampoco en analizarse hasta encontrar dentro de sí la explicación de cada desencuentro.

Había cosas propias que atender: el miedo a no ser elegido, la urgencia de recibir respuestas, la costumbre de demostrar su valor dando.

Y había cosas del vínculo que observar: la reciprocidad, la claridad, la coherencia entre las palabras y los actos.

Hacerse responsable de sus emociones no lo obligaba a cargar con toda la relación.

Entonces empezó a cambiar la pregunta. En lugar de insistir en «¿qué tengo que arreglar para que esto funcione?», comenzó a preguntarse:

«¿Qué necesito para estar bien, y existe espacio para eso entre nosotros?»


Regresar a sí mismo

El regreso fue pequeño y cotidiano.

Atender un pendiente. Prepararse comida. Retomar un proyecto. Descansar sin esperar una llamada. Permitir que el otro también tomara la iniciativa. Escuchar su tristeza sin convertirla inmediatamente en una tarea de sanación.

Dejó, por momentos, de tratarse como un auditor buscando fallas y empezó a acompañarse como alguien que merecía cuidado.

Seguía deseando amor. Seguía queriendo cercanía. Pero estaba aprendiendo a conservar una vida propia mientras conocía a otra persona.

El neochamán no había perdido el valor de su camino por sentirse vulnerable. Estaba descubriendo hasta dónde llegaban sus herramientas y qué necesitaba aprender todavía.

Esta vez, la ceremonia ocurría en lo cotidiano: en un límite expresado, en una responsabilidad atendida, en la decisión de no dejarse esperando mientras esperaba al otro.


Y su intención era sencilla:

Que el amor encontrara un lugar en su vida donde él también pudiera permanecer.

 
 
 

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