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El día que se daño el televisor


El día que se dañó el televisor, en el año 2019, no sentí una pérdida material. Sentí un vacío interno que llevaba años evitando.


Hasta ese momento, el televisor había sido una presencia constante en mi vida. Siempre encendido, siempre disponible, siempre dispuesto a llenar silencios que no me atrevía a escuchar. No exigía esfuerzo, no pedía compromiso, no cuestionaba mis decisiones. Simplemente absorbía mi tiempo… y yo se lo entregaba sin resistencia.


Durante años viví sin un propósito claro. No porque no tuviera sueños, sino porque los postergaba cada noche frente a una pantalla. El televisor no me robaba el tiempo; yo lo regalaba. Regalaba mis horas, mi atención y mi energía a cadenas que decidían qué ver, qué sentir y hasta cuándo pensar.

Lo más perturbador no era solo el tiempo perdido, sino lo seriamente que me tomaba ser parte de la vida de personajes que no existían. Me importaban sus conflictos, sus romances, sus fracasos y sus logros. Reía, sufría y me involucraba emocionalmente con historias ajenas, mientras mi propia historia quedaba en pausa, esperando que yo regresara a vivirla.


Cuando el televisor dejó de funcionar, el silencio se volvió incómodo. Demasiado real. Demasiado honesto. Me encontré conmigo mismo sin anestesia, sin ruido de fondo, sin distracciones. Fue ahí cuando comenzaron a surgir preguntas que había evitado durante años:


  • ¿Qué estás haciendo con tu vida?

  • ¿En qué estás invirtiendo tu tiempo?

  • ¿Para quién estás viviendo realmente?


Comprendí que no estaba cansado; estaba distraído. No me faltaba capacidad ni oportunidades; me faltaba intención. Había entrenado mi mente para consumir, no para crear. Para observar vidas ajenas, no para construir la mía.


Ese día, en 2019, entendí que muchas de las cosas que creemos indispensables solo existen para mantenernos ocupados, no despiertos. El televisor era cómodo, pero la comodidad me había vuelto pasivo. Confundí entretenimiento con descanso y evasión con paz.


Con el televisor dañado, recuperé algo que había olvidado: la presencia. El silencio dejó de ser enemigo y se convirtió en maestro. Empecé a escuchar mis pensamientos, a cuestionar mis hábitos y a valorar el tiempo como el recurso más sagrado que tengo.


El televisor se dañó, sí. Pero algo en mí se encendió.


A veces, perder una distracción es ganar claridad. Y aquel día, en 2019, no se rompió un aparato: se rompió una ilusión. Y desde entonces, comencé a vivir con mayor intención.

 
 
 

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